La Canción del Viento
La Primera Melodía de los Andes - Saray Music Album
Hace diecisiete años.
En el Cusco encuentro a Ariel, un amigo chileno que acababa de conocer gracias a una amiga común que conocía desde hacía tiempo, y él me extiende una invitación simple que cambiará el curso de una parte significativa de mi vida, aunque en ese momento no lo sabía.
Ariel me propone que participe en una expedición que nos llevará a los altos picos de los Andes, donde el frío en esas altitudes preserva intactas formas de vida que parecen pertenecer a una era distinta, como si el tiempo mismo se hubiera detenido allí para permitir que ciertas culturas guarden su autenticidad.
En el Cusco, algunos días antes de emprender el viaje hacia las montañas, Ariel me presenta a Taita Marcelino, un hombre que habla mezclando quechua con español, y sus palabras se entrelazan de una manera que inicialmente me parece difícil de seguir, pero lo que permanece vivo y cristalino es su sonrisa, siempre brillante, siempre presente en su rostro, luminosa como el Taita Inti - el sol - que sale cada mañana sobre los Andes para despertar esos picos custodiados por miles de años de memoria.
Allá arriba viven los Q’eros, un pueblo que hace muchos siglos sintió el avance de la fuerza hegemónica del Inca de sur a norte, y en lugar de permitirse ser asimilados por esa cultura dominante que quería enseñarles cómo vivir, decidieron conscientemente retirarse aún más alto, hacia las montañas más altas, cerca de los Apu, donde el aire es enrarecido y el frío es intenso, eligiendo así preservar intacta su forma de vida, su visión del mundo, su conciente resistencia a quienes querían imponerles una manera diferente de ser en el mundo.
Llegaba el día de la ocasión especial, el momento de celebración donde la comunidad Q’eros reúne a todos sus animales - el ganado y las llamas - para darles las gracias, animales que durante cientos de años han aprendido a criar en esas altitudes extremas, creando un equilibrio frágil y precioso con el ambiente montañoso.
La relación con estos animales es profunda, íntima, sagrada.
No son simple ganado, sino los verdaderos sustentadores de su existencia en múltiples niveles, porque los Q’eros practican un sistema de intercambio cíclico que los sustenta en el tiempo.
Periódicamente descienden desde sus asentamientos hacia el valle y al selva, donde se encuentran con comunidades lejanas e intercambian sus animales y productos de montaña por alimento fresco y hojas de Coca, creando así una red de reciprocidad que mantiene viva la comunidad y la conecta con el territorio circundante.
Pero hay más. En esas altitudes no crece madera. Nada que quemar.
Y así los excrementos secos de sus animales se convierten en la única fuente de combustible que poseen, tanto para calentarse en las noches glaciales como para cocinar alimento. Los animales literalmente mantienen viva a la gente Q’eros con todo lo que son y todo lo que dejan atrás.
Tambien por eso el agradecimiento es una ceremonia, es un acto de pura gratitud hacia quienes te dan la vida.
El Viaje Comienza
Dejamos el Cusco a la primera luz del amanecer. Dos horas de viaje hasta un pequeño pueblo donde nos detenemos en el mercado para comprar todo el alimento que nuestros hombros tienen capacidad de llevar, no solo para nosotros sino también para regalar a la comunidad, ya que nos quedaríamos en las montañas al menos una semana.
Luego subimos a la parte trasera de un camión que nos lleva a todos juntos a través de curvas que parecen no llevar a ninguna parte durante otro par de horas, o al menos eso es lo que recuerdo, aunque el tiempo bajo esas curvas y el polvo que te envuelve pierden su significado ordinario.
En cierto momento el camión se detiene. Marcelino dice que este es el lugar donde debemos descender. Me miro alrededor y todo alrededor de mí es un desierto andino con vegetación escasa y buitres volando sobre nosotros, trazando círculos lentos en el cielo. Una curva. Un sendero. Nada más. Nada menos.
Marcelino me explica que un mes antes se había dado cita en esta curva, en este punto preciso donde el único signo visible era un sendero que nos conduciría al páramo andino.
La confianza en esta cita estaba algo desestabilizada por el hecho de que después de una hora al llegar a este punto de encuentro, no se veía nada ni nadie en el horizonte que nos diera la esperanza de que se acordaran de la cita. No había smartphones en aquella época para revisar desesperadamente noticias. Sin embargo, había conciencia de que la palabra dada tenía una gran fuerza en la era analógica, una fuerza inquebrantable.
En cierto momento las sonrisas y el alboroto de jóvenes comienzan a mezclarse con el viento de los Andes y en el sendero aparecen los puntuales parientes de Marcelino: dos niños alrededor de siete años y dos llamas de edad indefinible a mis ojos, que llegan al punto de encuentro como si estuvieran siguiendo un mapa visible solo para ellos. Después de saludos y presentaciones, con la ayuda de las llamas para cargar el alimento a llevar a la comunidad y mochilas en nuestros hombros, nos pusimos en camino por el sendero hacia la comunidad Q’ero.
Tomaría seis horas. Entre senderos poco claros, lagunas cristalinas y ráfagas de viento que parecían tener su propia voluntad, horas entre el desierto andino y un cielo que comenzaba a llenarse de nubes.
La Pérdida de Confianza
Durante el caminar entiendo inmediatamente qué significa ser un joven de veintiocho años en buena forma pero ignorante de la altitud. Descubro que significa caminar donde el aire es enrarecido, donde no solo aparentemente escasean los animales y la vegetación, sino donde el oxígeno mismo es más raro que en otros lugares, como si las montañas mismas estuvieran conteniendo la respiración.
En esos picos, solo la hoja de coca y su catalizador me permiten reconciliar mi cuerpo como habitante de los valles con las agudas alturas andinas.
Cada ofrenda de Coca para ayudar a nuestro cuerpo durante el cruce es preparada por una oración del Taita Marcelino que agradece e invoca el poder de los antiguos Apu que nos rodean - los espíritus de las montañas - para que nos guíen.
Con la fuerza de la hoja de Coca, comienzo a sonreír por el hecho de que mientras camino a paso lento, sin poder aún hablar y caminar al mismo tiempo, veo a los niños saltando y corriendo como cabras de montaña sin dificultad alguna. Me da esperanza. Con un poco de aclimatación, quizás mi paso y mi relación con ese aire serán diferentes.
Mientras el espíritu de la Mamá Coca comienza a abrirse paso dentro de mí, la posibilidad de comenzar a sentir que hay aire suficiente abre mis ojos: los colores aparentemente monótonos comienzan a tener matices y riquezas que al principio del sendero estaban ocultos a mi vista y percepción.
Todo comienza a ser vívido. Contrastes claros.
Los glaciares perennes, el verde pasto andino, las lagunas, el cielo y la tierra se encuentran en una danza de colores donde el Taita Inti rápidamente quema mis mejillas con su verticalidad y cercanía.
Pero la belleza a mi alrededor no me distrae del hecho de que el sendero que caminamos no es claro. A veces la opción de ir a la derecha o a la izquierda de una gran roca parece arbitraria. Mi falta de confianza - y también mi falta de humildad hacia quienes han vivido en estas montañas por generaciones - permanece silenciosa, mitigada solo por la belleza de los Andes.
Después de varias horas de caminar las nubes comienzan no solo a calmar esos rayos tan penetrantes sino que comienzan a ocupar más y más espacio en el cielo y a cambiar el tono de todo el paisaje alrededor de nosotros.
Truenos y relámpagos comienzan a aparecer detrás de los picos. Ese día de viaje que comenzó al amanecer en el Cusco comienza a dirigirse hacia un atardecer donde no tengo visión clara de dónde me encontrará.
Las sombras y las luces se hacen cada vez más intensas. No solo el Taita Inti se está yendo hacia el oeste, sino que el cielo ahora está lleno de nubes cada vez más oscuras. La luz del sol es evidentemente menos intensa que la luz de los relámpagos mismos. Mi miedo de que el sendero a seguir no sea claro comienza a ser una certeza, como el sol que en algún momento se pondrá.
Me acerco a Marcelino y a Ariel para intentar calmar mi sed de seguridad. Expreso mi incertidumbre sobre si el camino es correcto y mi esperanza de que podamos llegar al pueblo antes del anochecer o, peor aún, antes de la tormenta.
La Respuesta de los Espíritus
Marcelino me mira a los ojos sin hablar. Su sonrisa infunde tranquilidad.
Con seriedad, me responde que es bueno pedir consejo a las hojas de Coca y a los espíritus de las montañas.
Decide invitarnos a sentarnos a su lado. Con su manto tradicional, saca su bolsa de hojas de coca y comienza a seleccionar algunas específicas que serán parte de su oración.
Entre palabras en quechua y algunas palabras en español entiendo que además de agradecer primero a los espíritus de las montañas que nos rodean - como siempre se había hecho en cada ofrenda durante el camino - ahora también está pidiendo ayuda y consejo sobre dónde deberíamos dirigirnos para llegar lo más rápido posible al pueblo.
Entre truenos y relámpagos, con el aliento de sus silbar y sus palabras, deja caer sobre su manto las hojas de coca rezadas e invocadas que al posarse se dirigen todas - todas - con la punta en la misma dirección. Una sola dirección. Toda duda se disuelve en el viento. Hay un solo camino a seguir. La respuesta de los Apu. Los espíritus con los cuales el pueblo Q’eros se ha comunicado durante cientos de años a través de la sagrada Mama Coca.
El asombro irrumpe en mi ser. La realidad y la fantasía, el cielo lleno de nubes y el miedo de la tormenta se unen en una magia donde los antiguos Apu comienzan a susurrarme al oído una antigua melodía.
Trai nai na nai na nai...
No entiendo bien qué está sucediendo. Después de recoger el manto, a paso rápido nos pusimos en dirección del camino marcado por la magia de esas montañas y la melodía se intensifica como la certeza de nuestros pasos.
Trai nai na na nai nan nai...
La Primera Canción
Me abandono a esta melodía. No puedo resistirme. A cada paso la melodía se transforma en palabras.
Yo vengo de la montaña donde el silencio me habla
Yo vengo de la montaña donde la piedra me canta
Donde la Mama Coca me señala el destino
Donde el trueno y el rayo iluminan el camino
Mi realidad y mi fantasía se encuentran de nuevo. Una magia hecha de melodía y canto. Esta melodía guía mis pasos durante la próxima hora antes de llegar al pueblo.
A nuestra llegada ya estará completa y lista, como una semilla que ha germinado durante el viaje mismo. El calor tibio de la casa de piedra y paja nos espera, el fuego, una sopa de papas caliente para recuperarnos del largo día de caminar.
La Voz Que Permanece
Esa noche, dentro de la casa que nos acoge como el vientre de una montaña, el fuego que arde calienta nuestros cuerpos junto a la calidez y humildad del hogar de Marcelino , su esposa y sus hijos.
Recostado sobre la paja descanso mi cuerpo mas no mi ser que sigue caminando en las montañas tratando de dar sentido a aquella melodía y aquel canto.
Finalmente entiendo algo de lo que ha sucedido. Los Apu no solo me han guiado los pasos hasta el pueblo. Han abierto un canal en mí. Me están haciendo un regalo del cual no estaba ni siquiera consciente. Han transformado al joven que escuchaba música en el canal a través del cual la música misma fluye y se manifiesta en el mundo.
No seré el mismo. La hoja de Coca, el trueno, el rayo, el silencio de la montaña - todo esto ha encontrado una voz humana. Mi voz. Una voz que no me pertenece completamente, sino que pertenece a este lugar, a estos espíritus, a esta memoria antigua que ahora vive dentro de mí.
Y la canción permanece. Esa canción que los Apu me susurraron en el viento, esa melodía que me guió aquí. Permanece intacta, vívida, real.
Yo vengo de la montaña donde el silencio me habla
Yo vengo de la montaña donde la piedra me canta
Donde la mama coca me señala el destino
Donde el trueno y el rayo iluminan el camino
Vamos a la montaña caminando sin prisa
Allá en la cima hay una medicina anciana que nos espera
Donde la laguna es el reflejo de tu corazón
Donde la memoria es la llama del amor
Solo entonces entiendo verdaderamente parte del misterio de quiénes son los Apu.
Son nuestros abuelos.
Antiguos, generosos, que regalan canciones y música, tesoros, a quienes se acercan a su presencia con reverencia y pureza. No juzgan los miedos naturales de quienes aprenden a caminar.
Son tan generosos que dan inspiraciones, melodías, visiones, todo lo que podemos llevar hacia el valle para recordar que siempre, siempre es saludable regresar a visitar a los ancianos, para traerles regalos sin pedir nada a cambio, solo para primero agradecerles por estar aquí, por siempre permanecer aquí, por haber llegado antes que nosotros, por haberse enamorado tanto de esta tierra que decidieron convertirse en montañas para velarla desde arriba.
Y ellos de todas formas regalan. Siempre. Porque la generosidad es el poder de compartir con quienes amas y con quienes te aman.
Diecisiete años después de esa noche dandome vuelta en una cama de paja, entiendo aún más profundamente qué comenzó ese día.
Un camino de escucha y conciencia.
Un camino donde aprendí que hay canciones que uno construye, que uno dedica tiempo a edificar como una casa desde cero, piedra sobre piedra, nota sobre nota.
Pero hay también canciones -las más claras como un relámpago en la noche - que simplemente te esperan. Han estado allí en el viento por siempre, esperando a alguien que pudiera recordarlas, que tuviera la simplicidad y humildad de recibirlas sin pretender poseerlas.
En ese momento en la montaña, cuando expresé mi miedo con calma, cuando le di un nombre y dejé que Marcelino leyera la respuesta en las hojas de Coca, estaba haciendo lo que los Q’eros habían hecho siglos antes.
Habían sentido su miedo - el miedo de perderse ante una cultura dominante - y en lugar de negarlo, lo habían escuchado.
Pero ahora entiendo que no era miedo lo que los movía a subir, aislarle por siglos en las alturas. Era confianza. Era la confianza de que sus abuelos ya los estaban esperando en esas montañas. Los Q’eros subieron porque sabían que los Apu estaban allí, dispuestos a hablarles, a guiarles, a mostrarles el camino.
Confío en que los primeros Q’eros hace siglos subieron simplemente para agradecer y saludar a los Apu, para pedirles consejo con la humildad que solo los verdaderos buscadores poseen. Y los Apu les respondieron. Les enseñaron dónde cuidar sus raíces, dónde preservar su cultura, dónde criar no solo animales sino también resiliencia.
Los antepasados de Marcelino escucharon la voz de los Apu y le hicieron caso. Y así nació el pueblo Q’eros, no como refugio del miedo, sino como santuario de la confianza en que los abuelos nunca abandonan a sus nietos.
En esa montaña los Apu seguían cumpliendo la misma promesa que habían hecho a los primeros Q’eros.
Seguían cuidando a los seres humanos que querían caminar, que querían aprender, que llegaban con reverencia y con amor de verdad. Marcelino llevaba en sus venas toda esa memoria, toda esa fe acumulada durante siglos.
Y cuando leyó las hojas de Coca, no estaba inventando nada. Estaba recordando. Estaba conectando con la misma conversación que sus antepasados habían tejido con los Apu hace cientos de años. Era la misma melodía, otras preguntas y la misma respuesta.
Esto es lo que comprendo ahora: agradecer y cuidar de los abuelos - los Apu, los ancianos, la memoria ancestral - es el fundamento de la salud y el bienestar de un pueblo.
No es nostalgia. No es escapismo.
Es reconocer que los que vinieron antes que nosotros no se fueron. Se convirtieron en montaña. Se convirtieron en viento. Se convirtieron en la voz que nos guía cuando tenemos el coraje de escuchar. Los Q’eros lo supieron siempre. Por eso han perdurado. Por eso su esencia permanece intacta. Porque cada generación sube a la montaña, da gracias, escucha, y recuerda. Y así la cadena no se rompe. Así la melodía nunca se silencia.
La melodia que nos invita a ir a la montaña caminando sin prisa porquè
Allá en la cima hay una medicina anciana que nos espera, donde la laguna es el reflejo de tu corazón y donde la memoria es la llama del amor.
Hoy, entiendo que la montaña, los Apu, son santuarios vivos. Es el lugar donde podemos enfrentar nuestros miedos con calma, donde podemos escuchar la voz de nuestros antepasados, donde podemos recordar quiénes somos verdaderamente más allá de todo el ruido a nuestro alrededor.
Los Q’eros lo entendieron. Construyeron sus vidas allí.
Y al hacerlo, se convirtieron en guardianes de algo precioso: la prueba de que la pureza puede sobrevivir, que la esencia puede perdurar, que el espíritu humano no se quiebra - se transforma en montaña.
Cada vez que siento el viento, sé que hay canciones que aún esperan dentro de él. Y sé que mi tarea es tratar de recordarlas. Acogerlas. Ser el canal a través del cual los Apu continúan hablando a quienes saben escuchar. Así como los Q’eros permanecen siendo canales de una forma antigua de ser, una forma que se rehúsa a ser silenciada, una melodía que se rehúsa a ser olvidada.
Esta es mi verdad que aprendí en las montañas. Este es el regalo que los ancianos me dieron. Y este es el regalo que ahora comparto contigo que lees estas palabras.
Porque tú también eres un canal. Tú también tienes canciones que te esperan en el viento. Canciones que no necesitas construir, sino recordar. La única pregunta que permanece es: ¿tienes la valentía de subir la montaña? ¿Tienes la pureza para escuchar? ¿Tienes la humildad para recibir sin poseer? ¿Puedes sostener el compromiso de simplemente Ser, sin creértelo?
Porque si es así, los ancianos ya te están esperando. Ya tienen el regalo listo. Solo están esperando que llegues con amor a su presencia. Están esperando que aprendas a caminar donde el aire es enrarecido y el silencio grita.
Están esperando que te conviertas en un canal para su generosidad infinita.


